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3月8日 De por VidaPrisionero, lejos de derechos y de dignidad. Prisionero político. Desde fuera todo parece magnífico, el escaparate que se cree la sociedad, una vez dentro la vida es un jodido infierno...
Ante el dolor no puede haber héroes, como dijo George Orwell en 1984, no cabe ningún héroe entre unas rejas aguantando el dolor que le produce que le partan el brazo, o que le electrocuten, o que le pinchen, o que le despojen de su vida a base de hostias, o que tantas cosas a la vez que la vida le da vueltas y tiene gana de morirse y de muchas otras cosas en las que ni siquiera puede pensar y que lo único que anhela con todo su ser es que la tortura cese y poder regresar a la cochambre en la que dormita...
Tenía las muñecas agarradas constantemente por unos grilletes que apenas le dejan pasar la circulación sanguínea, y también los pies. Hacía tiempo que había dejado de dolerle la rozadura que le provocaban porque su piel se había acostumbrado al sutil y agradable tacto del acero que constriñe la carne y la irrita, dormía en el suelo, húmedo y, por supuesto, sucio, despedía un olor magnífico a cadáver; era en definitiva un próximo amigo íntimo de la cadavérica dama. Dejaba atrás una vida fantástica de torturas contínuas y dolor sin mesura, ya que en esos momentos era lo único que le daba tiempo a recordar, que después de cinco horas tirado en el suelo lo iban a volver a buscar para hacerle más daño del que había concebido nunca, y jamás habría deseado ni al peor de sus enemigos.
Su cara se había transformado en algo irreconocible, ya no había nada de él en esa mirada fría y muerta, en esas facciones tan marcadas, en esas ojeras tan surcadas en su piel... En esa esperanza tan desvanecida. Y lo peor es que había perdido su razón... Sí, su razón por la que luchar. Necesitaba una meta mayor que la de evitar las torturas, una razón que le obligara a tener esperanzas y a volver a tener ganas de vivir. La había perdido.
Un día, sin ningún tipo de explicación entraron en su celda y lo sacaron, golpeaban su cuerpo en cada esquina que doblaban, al fin y al cabo qué importaba que lo trataran como una piltrafa si ya ni parecía humano después de todo lo que le habían hecho. Le quitaron las cadenas que lo esposaban y lo lavaron desde lejos con magueras de agua a presión como si fuera un animal, gélida por supuesto; él se dejaba hacer como si ya lo hubiera estado esperando y nada le sorprendiera en absoluto. Le pusieron una ropa andrajosa aunque no mugrienta y lo llevaron en coche un largo camino durante el transcurso del cual llevó vendados los ojos para no saber a donde se dirigía. Lo tiraron en marcha en medio de una calle desconocida, poco a poco se quitó la tela de los ojos para saludar a la molestia que le producía el Sol en sus contraidas pupilas.
¡Vaya! Así no era como recoraba el mundo, tan patéticamente ilumuinado, tan gris y tan arrasado por el tráfico y las prisas, las prisas y el olor a deshechos, el olor a deshechos y mierda en todos sitios y en sí mismo, un olor que no es físico, sino que viene en el interior. Le habría invadido un sentimiento terrible de no despertar en el lugar en el que se durmió, de no haber vuelto a la misma realidad que abandonó aquel día, de no ser porque se sentía incapaz de sentir nada que no fuera hastío o algo que se le parecía mucho... o quizá ni siquiera fuera capaz de sentir eso.
Tenía los brazos surcados por el contacto con las cadenas, marcas de torturas, cicatrices hasta en su percepción del mundo, el odio de otras personas canalizados hacia su persona. Le había quedado una personalidad, un físico aparente y una vida miserable, de miserable y de miserable... Totalmente nuevo y revolucionario, sombrío y cansado sin sueño.
Así que decidió caminar por la agrietada calzada, sin más. Al fin y al cabo ya había perdido su razón, ya no había mayor meta que la de cruzar la carretera hacia el parque que había al otro lado, un objetivo inmediato y factible para su miserable condición. Le pasaron cuatro coches por encima hasta que un ciudadano que se apiadó lo arrastró hasta la acera a dejar que se pudriera en paz y lo abandonó justo ahí, en esa papelera de los soportales.
-¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
-Todo.
-¿Me lo puedes volver a repetir?
-...
-Esque no te estaba escuchando. |
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