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11月21日

Por quien aúllan los lobos

Una vez terminada la exposición de su recientemente terminado experimento se sentó sobre una silla que crujió como si fuera a quedar hecha pedazos. Levantó lentamente el vaso de agua que había sobre la mesa y se dio un pequeño respiro mientras esperaba que alguno de los asistentes de aquel pequeño auditorio formulara alguna pregunta.
 
Bajo la titilante luz de los precarios fluorescentes se levantó una mano algo dudosa entre los presentes. Desde detrás de la mesa, el ponente, hizo una seña para que procediera mientras alejaba el vaso de sus labios.
 
-¿Cree realmente que todo su trabajo ha servido para algo, doctor?
 
Se oyeron comentarios entre el público, algunas risas, además de gestos de indignación mezclados entre el reducido número de personas. El doctor miró con interés a su interlocutor.
 
-Quiero decir, ¿se le puede encontrar utilidad práctica a todo esto?
 
-¿Puedo deducir de su pregunta que todo aquello que no tenga una utilidad práctica y aplicable carece de utilidad alguna?
 
Los ojos de los asistentes seguían la conversación como si esta se tratara de un partido de tenis, ahora le tocaba al anónimo personajillo del público, que se revolvía incómodamente.
 
-En qué si no se va a basar la medicina, ¿en películas para niños pequeños? Seamos realistas...
 
Había algún signo de afirmación entre los asistentes.
 
-Siento haber perdido pues estos últimos cinco años de mi vida en buscar argumentos de películas para niños pequeños. Si me disculpan me he de retirar.
 
La mayoría se miraron con incredulidad, pero no dijeron nada mientras el doctor recogía su maletín y se abrochaba la chaqueta con total normalidad.
 
Mientras este abandonaba la estancia una voz salió de entre los presentes diciendo: "¡¡Doctor, espere un segundo doctor!!". Acto seguido un muchacho salió corriendo de su asiento paraa encontrarse con el que acababa de abandonar el auditorio que parecía no haberse dado por aludido.
 
Lo alcanzó en mitad del pasillo que lleva a la cafetería, y sin esperar a que explicara el porqué de retenerlo le repuso.
 
-Le invito a tomar algo en el café más cercano y que menos se parezca a esta inmunda facultad en la que parecen alimentar a las cucarachas. ¿Okey?
 
Ya sentados en el café ambos miraban con indiferencia sus humeantes tazas, esperando a que fuera el momento idóneo para hablar, pero nada sucedía, así que el anónimo compañero del doctor decidió romper el hielo.
 
-Doctor...
-Gabriel Gracián- le extendió la mano- puedes llamarme Gabriel si no te importa.
-Bien... Gabriel, me gustaría saber...
Gabriel clavó sus amarillentos y profundos ojos sobre su interlocutor.
-Sé bastante bien lo que te gustaría conocer; cuáles han sido mis experiencias personales después de estar cinco años viviendo entre los lobos, únicamente porque piensas que he llegado a algo más que a recolectar un argumento para películas infantiles... ¿me equivoco?
 
Su acompañante hizo un signo de negación con la cabeza, mientras el anticuado ventilador que tenían al lado le alborotaba el pelo sin intentar él evitarlo.
 
-Podría decirte mil cosas sobre la alimentación, sobre la estructura jerárquica de la vida de esos peludos y solitarios amigos, sobre la predominante aparición de algunas características debido al código genético- Gabriel golpeó el ventilador que se detuvo al instante- te podría hablar de mil memeces para que tú sacaras una utilidad práctica... pero eso no es lo más importante.-se llevó lentamente la taza a los labios y sorbió lentamente, volvió a separar la taza manteniéndola en el aire agarrada por sus manos y miró divertido el ventilador.
 
-¿Y bien?
 
-¿Y bien? Ah, sí,- Gabriel volvió su vista hacia el anónimo curioso- llegué a conclusiones por las que se podía conferir a estos animales cualidades humanas- el doctor se echó el pelo hacia atrás- algo inquietante, pero con muy poca utilidad práctica, se me podría tachar de ecologista de tercera fila por llegar a estas conclusiones...
-¿Cualidades humanas?
-El caso es que el comportamiento de los lobos me ha dejado bastante peplejo...
-¿A qué cualidades humanas se refiere?- la gente pasaba al lado de la mesa constantemente, y algunos seguían la conversación desde la barra dado que no tenían nada mejor que hacer en su aburrida tarde de otoño.
Gabriel volvió a beber de su taza y se inclinó hacia su interlocutor entrecerrando los ojos.
-La cualidad de sentir, pero no dolor o placer, sino soledad, o incluso miedo.-el doctor volvió a observar el ventilador con una sonrisa.
 
-¿Por qué dice eso doctor? -Gabriel si no te importa. -Eso mismo.
-¿Cómo decias que te llamabas?
"¿Importa eso acaso?" pensó. -Me llamo Fernando.
-Bien Fernando, por qué crees que aullan los lobos a la noche.
 
Fernando se imaginó una luna llena sobre un lobo solitario que le aullaba con unos ojos muy similares a los de Gabriel y un pelaje que brillaba con el color pálido del lucero nocturno. ¿Por qué le aullaba? ¿Qué conseguía con eso?
 
Gabriel dejó el dinero sobre la mesa y se levantó, dejando a Fernando sumergido en sus pensamientos. Iba a cerrar la puerta del café tras de sí cuando una mano acompañada de una mirada ávida lo asió por el brazo y le obligó a volverse.
 
-¿Y bien?
 
El doctor miró divertido a Fernando.- Es el sentimiento de soledad, ¿acaso cuando está solo un hombre no canta?, ¿no habla a solas para sentirse acompañado?, ¿no se pone música para sentir la presencia de algo que no existe?
 
Fernando le miró de forma inquisitiva.
 
-Los lobos se sienten solos, aúllan por al miedo al silencio que los aterra.
 
El brazo lo dejó marchar, y se fue el doctor Gabriel Gracián por la calle sumida en la oscuridad en la que las cigarras cantaban, al igual que los coches.
 
Fernando se quedó pensando si se le había ido la chaveta y se planteó lo de que era un ecologista de tercera, entonces vio como aquellos ojos profundos y amarillos se perdian en la noche acompañados del silbido del doctor.
11月8日

Cielo Ocre

Sin tristeza veo

cómo mis huellas dejan de marcarse

no me reflejo en espejos

ya no me resta aliento

pues con una palabra te lo concedo todo.

 

Elevar la mirada por encima de los andamios,

una infinidad de agujeros en el aire,

y deprimido el sol.

 

Pluma a pluma deshojamos la espera,

que canta el pájaro,

que me pongo nervioso

que no me mires de esa manera.

 

Me cruzo con un gato negro que me trae noticias,

de ti.

 

Voy muy deprisa, corro todo lo que puedo,

y comentan las estrellas:

todavía le lloran los ojos,

todavía corre a por ella.

 

Retengo una bocanada de deseo

deslizado por un cielo, ya cansado

de ser azul,

que se vuelve ocre.